Miedos

Durante mucho tiempo he vivido intentando evitar ciertas sensaciones: el vacío, la soledad, el fracaso, la idea de la muerte. No lo llamaba así, pero muchas de mis decisiones giraban alrededor de no sentir miedo. A veces decía que solo buscaba seguridad, estabilidad o control, pero en el fondo estaba huyendo.​

Con el tiempo he ido reconociendo tres grandes miedos que han guiado gran parte de mi vida: miedo a la muerte, miedo al abandono y miedo al fracaso. Miedo a que todo se acabe, miedo a quedarme sola, miedo a no estar a la altura. Esos miedos se escondían detrás de mi necesidad de complacer, de exigirme más de la cuenta, de no parar nunca y de conformarme con menos de lo que realmente deseo.​

El miedo a la muerte me hacía vivir en tensión, como si tuviera que aprovechar todo, pero sin estar realmente presente en nada. Me costaba confiar, soltar el control y entregar lo que no depende de mí. Empecé a ver que, cuando miro de frente la fragilidad de la vida, aparece una gratitud nueva por cada día, por cada persona, por cada momento.​​

El miedo al abandono me llevó a aceptar relaciones que no eran sanas, solo por no sentir el vacío de la soledad. Cedí muchas veces mis límites para no perder a otros, aunque en ese intento me estaba perdiendo a mí. He ido comprendiendo que, cuando dejo de negociar mi dignidad por compañía, se abre la posibilidad de vínculos más libres, honestos y plenos.​

El miedo al fracaso me tuvo atrapada en la parálisis. Prefería no intentarlo antes que enfrentarme a la posibilidad de equivocarme. Eso me hacía vivir pequeña, dudando de mis capacidades y esperando siempre el momento perfecto que nunca llegaba.​​

Algo empezó a cambiar cuando entendí que el problema no era sentir miedo, sino dejar que el miedo decidiera por mí. Empecé a mirarlo como una emoción, no como un enemigo: una señal de que estoy saliendo de lo conocido, de que algo importante se está moviendo en mi interior. En lugar de preguntarme "¿cómo hago para no sentir esto?", empecé a preguntarme "¿cómo puedo acompañarme mejor mientras lo siento?".​

Hoy no vivo sin miedo, vivo con él de otra manera. Cuando aparece, en lugar de correr, lo reconozco, lo respiro y doy un paso pequeño en la dirección de la vida que quiero, no de la vida que mi miedo intenta asegurar. Cada vez que lo hago, descubro un poco más de libertad, más autenticidad y más confianza en que puedo sostener lo que la vida traiga.​​


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