Juego

Durante mucho tiempo me he tomado la vida como si fuera un examen constante. Sentía que tenía que hacerlo todo perfecto: la familia, el trabajo, la pareja, mi proceso personal. Cualquier error se vivía como un fracaso y cualquier desvío del plan como una señal de que algo iba mal.​

Esa manera de mirar me dejaba agotada. Vivía pendiente del resultado, comparándome con los demás, midiéndome con estándares imposibles. La vida se convertía en una lista interminable de tareas y expectativas, más que en una experiencia para vivirla.​

Un día escuché una frase que me removió por dentro: "Estás viviendo en un juego que no se puede ganar, solo se puede jugar". Empecé a preguntarme qué pasaría si realmente la vida fuera eso: un juego de aprendizaje, de ensayo y error, un entrenamiento para el alma. No un juicio, no una carrera, no un examen.​​

Al mirar así las cosas, mis "fallos" comenzaron a verse de otra forma. Ya no eran pruebas que había suspendido, sino jugadas que me mostraban algo que aún no sabía, una habilidad que podía entrenar, una parte de mí que necesitaba más conciencia. Dejar de exigirme ganar todo el rato me permitió relajarme un poco y estar más presente en cada movimiento.​​

Tomar la vida como un juego no significa ser irresponsable ni dejar de cuidar lo importante. Significa recordar que estoy aquí para experimentar, aprender, amar, equivocarme, volver a elegir y seguir caminando. Que la medida del éxito no es cuánto controlo, sino cuánta paz y coherencia siento por dentro mientras vivo lo que me toca vivir.​

Cuando me engancho al drama, intento recordar esta imagen: un tablero en el que cada situación que llega es una casilla más, no un castigo. Algunas casillas duelen, otras son muy luminosas, pero todas forman parte del mismo recorrido. Mi tarea no es manipular el tablero, es aprender a jugar de la forma más consciente y amorosa que puedo.​​

Hoy, cada vez que me descubro tomándome todo demasiado en serio, paro. Respiro, observo qué historia me estoy contando y elijo suavizar la mirada. Desde ahí, la vida se siente menos pesada y más como lo que, tal vez, siempre fue: una experiencia temporal para recordarme quién soy mientras juego a ser humana.​


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