Creencias

Durante mucho tiempo di por hecho que "yo era así". Pensaba que ciertas cosas no eran para mí, que había sueños demasiado grandes, que el amor y la paz interior eran privilegio de unas pocas personas con más suerte que yo. No veía que, más que la realidad, lo que me limitaba eran las ideas que yo misma sostenía sobre quién era y qué podía esperar de la vida.​

Con el tiempo empecé a escuchar mis pensamientos automáticos. Frases como "no puedo", "llego tarde", "ya es demasiado para mí", "siempre me pasa lo mismo", "yo no valgo para esto". Estaban tan integradas en mi mente que parecían verdad absoluta, cuando en realidad eran creencias aprendidas, heredadas o construidas a partir de experiencias pasadas.​

Comprendí que una creencia es como unas gafas: no describe el mundo tal cual es, describe cómo yo lo veo. Si llevo puestas gafas de miedo, veré peligro en todas partes; si llevo gafas de carencia, siempre sentiré que falta algo. Mientras no cuestiono mis gafas, vivo reaccionando a una realidad que, en parte, está creada por mi forma de pensar.​​

Empecé a hacerme preguntas sencillas: "¿Esta idea me ayuda o me hunde?", "¿Quién sería yo sin este pensamiento?", "¿De verdad es cierto que siempre es así?". Al mirarlo de frente, muchas de esas creencias se caían por su propio peso o, al menos, dejaban de parecer tan sólidas. No se trataba de negar lo que siento, sino de abrir espacio a la posibilidad de mirarlo de otra manera.​​

Poco a poco, fui sustituyendo frases limitantes por otras más reales y amorosas conmigo. "No puedo" pasó a "no sé todavía, pero puedo aprender", "siempre me pasa lo mismo" pasó a "estoy repitiendo un patrón, y eso significa que ya lo puedo ver y cambiar". Cada vez que cambiaba una frase interna, cambiaba también la forma en que actuaba y lo que me permitía vivir.​

He descubierto que cambiar mis creencias no es poner una capa de pensamiento positivo por encima del dolor. Es ir al origen, mirar la historia que me cuento, abrazar la parte que sufrió y elegir una interpretación más coherente con la mujer que quiero ser hoy. Es dejar de castigarme con ideas de culpa y de "no merezco", para empezar a tratarme con respeto, comprensión y responsabilidad.​​

Hoy sé que la vida no ha cambiado por arte de magia, ha cambiado porque yo he cambiado la manera de mirarla. Cuanto más reviso mis creencias y las ajusto a la verdad de lo que soy, menos miedo tengo, menos me saboteo y más abierta estoy a una vida que se siente más ligera, más honesta y más en paz. Y ese proceso, aunque a veces remueva, es de los regalos más grandes que me he podido hacer.​​


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