Consejos
Durante mucho tiempo he creído que mis consejos eran para los demás. Pensaba que yo veía las cosas "más claras" y que mi papel era ayudar, orientar, corregir, ordenar la vida de quienes me rodeaban. Me colocaba sin darme cuenta en el lugar de la que sabe, de la que tiene la respuesta, de la que ve lo que otros no están viendo.
Un día escuché algo que me dio la vuelta: los consejos que doy a otros son, en realidad, los consejos que yo misma necesito escuchar. Esa frase se quedó resonando en mí. Empecé a revisar todo lo que decía: "deberías cuidarte más", "no te conformes con tan poco", "tienes que poner límites", "deja de castigarte tanto". Y me di cuenta de que, detrás de cada "deberías", había una parte de mí pidiendo socorro.
Desde entonces, cada vez que aconsejo a alguien, intento usarlo como espejo. Si le digo a otra persona "no te abandones", me pregunto en qué lugar de mi vida me estoy abandonando yo. Si repito "tienes que confiar más en ti", observo dónde sigo dudando de mí, esperando aprobación externa para sentir que valgo. El consejo hacia fuera se convierte en una invitación hacia dentro.
Esto no significa que deje de acompañar o de compartir lo que veo, pero sí ha cambiado desde dónde lo hago. Antes hablaba desde una especie de superioridad inconsciente; ahora, cuando puedo, hablo desde la honestidad de reconocer que yo también estoy aprendiendo lo mismo. Dejo de sentirme maestra perfecta y me reconozco como una humana más, caminando, equivocándome y volviendo a elegir.
He descubierto que, cuando integro mis propios consejos, la energía con la que los comparto es muy distinta. Ya no necesito que el otro cambie para sentirme bien, ni me enfado tanto cuando no hace lo que le digo. Entiendo que cada persona tiene su ritmo y su proceso, igual que yo tengo el mío.
Hoy practico algo sencillo: cuando salga de mi boca un "tienes que" o un "deberías", me detengo un segundo. Me pregunto "¿cómo puedo aplicar esto que acabo de decir en mi propia vida?". A veces duele darme cuenta, pero también es hermoso ver cómo cada conversación se convierte en una oportunidad para profundizar en mi propio camino.
Cada consejo que doy y soy capaz de vivir primero en mí, deja de ser teoría y se convierte en verdad encarnada. Y desde ahí, acompañar a otros se siente mucho más humilde, más honesto y más coherente con la mujer que estoy eligiendo ser.
