Escucha
Durante mucho tiempo he vivido pidiendo que me escucharan. Necesitaba que alguien estuviera ahí, disponible, atento a mis palabras, a mis problemas, a mi historia. Cuando sentía que no me daban ese espacio, aparecían la frustración, la queja y la sensación de no ser importante.
Con el tiempo empecé a darme cuenta de algo incómodo: pedía fuera algo que yo misma no me estaba dando dentro. Quería que otros se parasen a sentirme, mientras yo no me detenía ni cinco minutos al día a sentirme de verdad. Buscaba oídos externos, pero tenía cerrados mis propios oídos internos.
Empecé a observar cómo me hablaba por dentro. Descubrí que, muchas veces, cuando me sentía mal, me juzgaba, me exigía o me distraía con cualquier cosa, en lugar de acompañarme. No me escuchaba, me tapaba. Así, era lógico que sintiera tanta hambre de escucha externa: estaba intentando llenar un vacío de presencia conmigo.
Escucharme ha empezado por algo muy sencillo: hacer espacio. Parar unos minutos, respirar, preguntarme "¿cómo estoy hoy de verdad?" y permitir que aparezca lo que tenga que aparecer, aunque no sea bonito. Darme permiso para estar triste, cansada, enfadada, perdida, sin intentar arreglarlo todo al segundo.
He descubierto que, cuando me escucho de verdad, mis relaciones también cambian. Ya no necesito tanto que el otro adivine lo que me pasa; puedo expresarlo con más claridad y sin tanta carga. Tampoco espero que nadie me salve, porque empiezo a sentir que yo puedo sostenerme mejor.
Hoy practico algo: antes de buscar a alguien para desahogarme, me siento un momento conmigo. Escribo lo que siento, respiro, dejo que el cuerpo hable, me abrazo por dentro. Si después sigo necesitando compartir, lo hago, pero ya no desde la carencia absoluta, sino desde una responsabilidad nueva conmigo misma.
Cada vez que me escucho un poco más, la necesidad desesperada de que el mundo entero me escuche se suaviza. Siento que mi voz interna deja de estar abandonada y empieza a ser mi aliada. Y desde ahí, las palabras que comparto con otros nacen de un lugar mucho más honesto, más sereno y más amoroso.
