Estamos Programados

"No estamos destinados, estamos programados." Esta frase me removió por dentro la primera vez que la escuché, porque durante mucho tiempo viví creyendo que mi vida estaba medio escrita: "en mi familia siempre ha sido así", "yo soy de esta manera", "a mí esto nunca se me dará bien". Me contaba historias sobre el destino, cuando en realidad lo que se repetía una y otra vez eran mis programas internos, esas formas automáticas de pensar, sentir y actuar que aprendí sin darme cuenta desde pequeña.​

Hoy entiendo que no hay un "destino" fijo que me condena, sino una programación instalada en mi mente subconsciente que dirige la mayoría de mis decisiones sin que yo lo note. Ahí dentro están guardadas las frases que escuché de niña, las creencias de mi familia sobre el amor, el dinero, el éxito, la salud, el merecimiento, y también todas las experiencias difíciles que viví y que mi mente interpretó como peligros. Si aprendí que "no soy suficiente", que "no se puede confiar en nadie" o que "soñar en grande es peligroso", es lógico que, de adulta, elija trabajos, parejas y caminos que confirmen una y otra vez esa programación, aunque conscientemente quiera otra cosa.​​

Por eso, muchas veces me he preguntado: "¿Por qué repito el mismo tipo de relación?, ¿por qué siempre me pasa lo mismo con el dinero?, ¿por qué saboteo lo que quiero?". No es mala suerte ni castigo del universo; es mi programa interno buscando expresarse, una especie de guion que se ejecuta en piloto automático hasta que lo hago consciente. Como decía cierta corriente de psicología profunda, hasta que no hago consciente lo inconsciente, eso dirige mi vida y yo lo llamo destino.​​

La buena noticia es que, si estoy programada, puedo reprogramarme. El primer paso es reconocer qué programa está funcionando ahora: observar mis pensamientos repetitivos, mis frases favoritas cuando algo sale mal, mis miedos más habituales, mis patrones en pareja, trabajo y salud. Es incómodo ver que muchas de mis decisiones nacen del miedo y no del amor, pero también es liberador, porque me muestra con claridad dónde he estado actuando en automático.​

A partir de ahí, el trabajo es profundo pero posible: cuestionar creencias, abrirme a nuevas ideas, alimentar mi mente con mensajes diferentes, practicar nuevas conductas aunque al principio se sientan raras. Puedo apoyarme en lecturas conscientes, procesos terapéuticos, escritura, meditación, visualizaciones, todo lo que me ayude a instalar dentro un nuevo código más alineado con quien quiero ser hoy, no con la niña herida que fui. No se trata de borrar el pasado, sino de dejar de vivir prisionera de él.​​

Cuando repito para mí: "no estoy destinada, estoy programada", siento que recupero poder. Dejo de ver mi vida como algo que "me ocurre" y empiezo a verla como algo que también estoy creando con mis creencias, mis emociones y mis decisiones diarias. No controlo todo lo que sucede fuera, pero sí puedo elegir qué programa dejo activo dentro: el del miedo y la escasez, o el de la confianza, el merecimiento y la responsabilidad consciente. Y cada pequeño acto de reprogramación es un paso más hacia una vida menos "destinada" y más elegida.​


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