Ego
Durante gran parte de mi vida he confundido quién soy con mi personaje. Ese personaje que quiere quedar bien, que quiere tener razón, que quiere controlarlo todo y que se alimenta del "qué dirán". Mientras él manda, vivo más pendiente de cómo se ve mi vida por fuera que de cómo se siente por dentro.
He empezado a reconocer la voz de mi ego en pequeñas cosas: cuando discuto para ganar y no para entender, cuando me ofendo porque alguien no cumple mis expectativas, cuando necesito demostrar que valgo a través de lo que hago o consigo. En esos momentos, lo que más me importa no es la paz, es salir ganando.
El ego siempre me susurra que el problema está fuera: en los demás, en las circunstancias, en la suerte, en el pasado. Me cuenta historias donde yo soy víctima o heroína, pero rara vez responsable de lo que pienso, siento y elijo. Y mientras le creo, pierdo el acceso a una parte más profunda y serena de mí.
Algo cambió cuando empecé a observarlo sin pelearme con él. Lo miro como a un personaje que aprendió a protegerme a su manera, exagerando, dramatizando y queriendo controlar. No es "malo", simplemente está lleno de miedo y no sabe vivir desde otra cosa que no sea la defensa y la comparación.
Cuando hago una pausa antes de reaccionar, le quito al ego su alimento favorito: la reacción impulsiva. En ese espacio breve puedo elegir: seguir la historia del drama o escuchar una voz más tranquila dentro de mí, que no necesita ganar, sino comprender y estar en paz. Esa voz no grita, pero trae claridad.
Hoy practico algo sencillo: cada vez que siento que necesito tener razón, impresionar o señalar culpables, me pregunto "¿esto viene de mi ego o de mi parte más consciente?". No siempre elijo la opción más sabia, pero cada vez que lo hago noto alivio, ligereza y una sensación de coherencia conmigo. Poco a poco, voy aprendiendo a dejar que mi ego exista, pero sin darle el volante de mi vida.
